Aún sobreviven en el centro 2 cines porno
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Adán y Porky’s abrieron hace unos 20 años. Ofrecen varios filmes por $10. Uno es convencional y el
otro, alternativo.
Sutil. Porky’s está en el primer piso de Lavalle 34, sobre una importadora.
Uno le rinde una especie de homenaje al primer hombre bíblico e iniciador del pecado original. El
otro recuerda a una comedia picaresca que fue muy popular a mediados de los ’80. Por si el lector
no advierte la respuesta, se trata de Adán y Porky’s: los dos únicos cines porno –condicionados o
XXX, como se los quiera denominar– de la ciudad de Mendoza.
Sus locales, de diferentes propietarios y ubicados en dos puntos bien distantes en el centro,
son tan discretos que, pese a que abrieron hace unos 20 años, muchos desconocen su existencia.
Y, probablemente, otros tantos que en algún momento los transitaron pueden pensar que hace
tiempo dejaron de funcionar. De hecho, cuesta creer que en su vigencia luego del avance de los
filmes porno de alquiler –primero en video y hoy en DVD– y el acceso libre a imágenes de ese
calibre en internet, lo que pudo haber influido en la extinción del pionero local de estos cines:
el Atlans, cerrado hace más de 15 años (ver aparte).
Sin embargo, algo hace que el Adán siga en el subsuelo de la galería Ruffo (San Martín y San
Luis) y el Porky’s perdure en el primer piso de Lavalle 34. En suma, son dos supervivientes.
Un día hábil cualquiera, entre las 17 y las 19, esos sitios son más o menos concurridos: el
jueves, por ejemplo, en el Porky’s había unos diez espectadores y en el Adán una veintena, todos
ellos hombres y en general de edad avanzada. Según algunos vecinos de ambas salas, el mayor
movimiento se ve en las matinés de sábados y domingos, y jamás surgen situaciones violentas,
destacaron.
Parecidos, pero diferentes
Estos sitios tienen puntos en común. Sólo pueden ingresar mayores de 18 años y los encargados
se afanan en cumplir ese requisito. La entrada cuesta $10 (el ticket es el oficial del INCAA, por
lo que se puede participar en los sorteos mensuales que realiza ese organismo). Abren todos los
días, aproximadamente entre las 10 y las 0.30, según la clientela. El público es masculino. Ofrecen
más de tres películas continuadas. Y se impone un halo de discreción, si bien no faltan los largos
suspiros que se mezclan con los gemidos que salen de la pantalla.
Pero luego de un rato dentro, saltan las diferencias. Porky’s se comporta más como un cine
(aunque en la boletería hay un cartel que ofrece café por $1 y preservativos por $2,50), tiene unas
50 localidades y proyecta tres películas porno “convencionales”. La semana pasada dieron
Diabólicamente anal III, Colas exuberantes y Silvana, la reina de la lujuria.
UNO llegó justo cuando en la pantalla –de no más de 2 por 3 metros y ubicada delante de los
baños, que están iluminados de rojo– un moreno y una blanca hacían de las suyas en un sillón. En
eso, arribó a la vivienda una muchacha negra –¿la novia del tipo?–, quien al escuchar los gemidos
sospechó que algo sucedía. Por eso, se quedó en el vano de la puerta a ver la escena y en vez de
desatar su furia por la infidelidad, prefirió sumarse al dueto.
Por su parte, Adán tiene capacidad para unas 100 personas, su sala está dividida y posee dos
pantallas. Por eso, además ofrecer seis filmes al día, siempre hay dos simultáneos y puede haber
uno “convencional” y otro “alternativo” a la par. El jueves, en la programación estaban Súper gay y
Eurobabies, por nombrar dos extremos. Así, cada quien elige con qué película se prende, de acuerdo
con sus preferencias.
Además, el Adán tiene un aire a dark room. Según pudo ver este diario, ese día fue común el
desfile de algunos espectadores de butaca en butaca y las continuas idas y venidas en fila al baño,
que también está ubicado detrás de una de las pantallas. Eso sí: nadie fuerza a nadie y cada quien
elige si pasa de espectador a protagonista.
